AUN ASÍ

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AUN ASÍ

Anoche estaba en la cama cuando, de repente, sentí miedo. No el miedo pequeño, cotidiano. No el miedo a que me pueda pasar algo a mí personalmente. Un miedo mucho más grande. El miedo a que la gente vuelva a quedarse ciega. A que volvamos a salir a la calle para protestar contra otras personas. A que volvamos a separar a los seres humanos, a clasificarlos en grupos, a atribuir distinto valor a unas vidas y a otras – hasta que algunas personas parezcan, de alguna manera, menos humanas que las demás. Deshumanización sistemática.

Tengo la sensación de estar reconociendo los viejos patrones. Los mismos mecanismos. Las mismas simplificaciones. Los mismos enemigos construidos. El mismo lenguaje que genera miedo y enfrenta a unas personas con otras. El miércoles, miles de personas salieron a las calles en distintos lugares de España para mostrar su apoyo a Ceuta y protestar contra las políticas migratorias del Gobierno. En Ceuta fueron decenas de miles.

¿Qué hacemos con nuestro miedo? ¿Y quién se beneficia cuando empezamos a dirigir ese miedo contra otras personas?

Porque ahí es donde empieza el peligro: cuando llegamos a creer que el problema son las personas que llegan – y no las decisiones políticas, las estructuras, las relaciones de poder y los sistemas que producen y gestionan estas situaciones. La separación como estrategia. Divide a la gente. Genera miedo. Señala a un enemigo. Repite el mensaje. Y, al final, la imagen del enemigo empieza a sentirse como una realidad. Quien tiene miedo es más fácil de convencer. Y quien es diferente es más fácil de convertir en enemigo. El mejor servicio posible para cualquier sistema que quiera conservar su poder.

Tengo miedo de este desplazamiento. De este cambio de energía. ¿Qué pasa si esto se nos va de las manos? ¿Qué pasa si volvemos a caminar en la dirección equivocada? Hacia la derecha. Me pregunto: ¿Qué está pasando aquí? ¿Hemos olvidado? La máquina sigue funcionando con el mismo peligro de siempre. Y no es algo que haya empezado a ver ayer. Lo veo todo el tiempo. Pero también tengo miedo de mi propio miedo. Porque a veces me pregunto si el miedo puede convertirse en parte de aquello que temo. Si, a través de mi propio miedo, entro en un campo colectivo de miedo. Si estoy alimentando precisamente la realidad que temo.

Mis antepasados me dicen otra cosa: Sentir el miedo y conocerlo no es el problema. Ignorarlo sí lo es. Porque aquello que no somos capaces de mirar conscientemente no desaparece. Sigue actuando: en lo oculto, en el inconsciente, en el cuerpo, en nuestras decisiones, en nuestras relaciones, en nuestra política.

Ayer un amigo me dijo: vivimos aquí, en “Andalucía baja”. Y no se refería solamente a un lugar. Quizás se refería también a un tiempo. La dictadura terminó aquí hace relativamente poco. Sus huellas no han desaparecido – a pesar del Pacto del Olvido. La separación está por todas partes. El miedo también. Y dentro de mí se están activando ahora miedos muy antiguos, muy primarios. Miedos que conozco desde hace años. Y aun así – o precisamente por eso – tengo que volver a mirarlos: el miedo a no pertenecer, el miedo a ser diferente. “Giri”. Extranjera. Stranger. Forastera. Una mujer que vive sola. Una mujer con sus propias opiniones y que además se atreve a expresarlas. Una mujer que practica una agricultura de raíz animista. Una mujer que no encaja fácilmente en las formas que se supone que debería ocupar.

El aire se está haciendo más fino. Y el ambiente está cada vez más caliente. Ya no tengo casa. Mis animales ya no tienen tierra donde vivir. Mis valores se han convertido en un blanco. Mi existencia se ha convertido en una superficie sobre la que otros proyectan sus miedos, sus prejuicios y sus ideas. Y para muchas otras personas, la realidad es todavía mucho más dura. En Ceuta, las personas se están convirtiendo en peones de una crisis profundamente política y geopolítica. Personas – entre ellas muchos menores – están siendo convertidas en símbolos de algo que es mucho más grande que ellas mismas.

Y ahí está uno de los mayores peligros: cuando dejamos de ver a las personas como personas y empezamos a verlas como “migración”, como “invasión”, como “amenaza”, como una cifra, una masa, un problema. Entonces podemos hablar de ellas sin hablar realmente de ellas. Sin conocer sus nombres. Sin escuchar sus historias. Sin ver su miedo. Sin reconocer su dignidad. Lo que está ocurriendo ahora mismo en Ceuta muestra esta tensión con una claridad aterradora. Las personas migrantes, y especialmente los menores no acompañados, viven en condiciones precarias mientras el debate público está cada vez más marcado por palabras como “invasión” y “expulsión”.

Esto no es personal. Al menos, no solamente. Es colectivo. Global. Cultural. Espiritual. Institucional. Y, sobre todo: sistémico. La persona que lucha contra su vecino no está necesariamente enfrentándose al sistema. A veces está cumpliendo precisamente su lógica. Cuando nos enfrentamos unos a otros, dejamos de mirar hacia arriba. Cuando tenemos miedo unos de otros, dejamos de preguntarnos quién toma las decisiones. Cuando nos deshumanizamos mutuamente, ya no necesitamos cambiar las estructuras. Esto no es nuevo. La historia está llena de ello. El racismo y la deshumanización no aparecen de la nada. Se construyen y se normalizan a través del lenguaje, las instituciones, las decisiones políticas, los medios de comunicación, el poder y la repetición.

Y precisamente por eso hay algo que me da especialmente miedo: que siga funcionando. Que todavía podamos ser convencidos de ver a otras personas como una amenaza. Que todavía podamos llegar a creer que nuestro vecino es nuestro enemigo. Que todavía podamos creer que nuestra seguridad necesita que otra persona tenga menos seguridad. Que todavía podamos creer que nuestra pertenencia tiene que construirse a costa de la pertenencia de los demás.

Entonces, ¿qué nos queda por hacer? No lo sé. Solo sé que el racismo y la deshumanización no desaparecerán mientras no transformemos los sistemas, las estructuras y las formas de pensar que continúan reproduciéndolos. ¿Y mientras tanto? Me quedo con lo que sé. Con los valores sagrados que sostienen mi fe y mi amor por los seres humanos y por esta Tierra. Con la dignidad. Con la humildad. Con la igualdad. Con el derecho de todo ser vivo a la vida y a la seguridad. Con el derecho a pertenecer. Con la certeza de que ningún ser humano se vuelve menos humano porque haya nacido diferente, porque crea diferente, porque tenga otro aspecto, porque ame de otra manera, porque viva de otra forma o porque busque protección en otro lugar.

Aun así.

El domingo comienza en mi pueblo, aquí en “Andalucía baja”, la fiesta anual del pueblo. La Virgen de la Luz será llevada desde su ermita hasta el pueblo, acompañada por unos 300 caballos y cientos de personas, para ser celebrada allí. Ahora mismo no tengo muchas ganas de celebrar. Y, sin embargo, estaré allí. Esta tradición me exige un enorme ejercicio de contradicción: situarme entre una idea de superioridad masculina, nacionalista, ideológicamente controlada y marcada por una tradición aristocrática – y la humildad sagrada y la devoción de la Virgen de la Luz. La Virgen que trae luz y lluvia, que bendice y protege a la Madre Tierra, que acompaña las cosechas, que protege y bendice a los animales con salud, que acompaña a los agricultores y agricultoras de esta tierra y que me ha acompañado a mí durante seis años, cada día, en mi práctica espiritual. Gracias, Virgen de la Luz.

Esta tradición también lleva consigo su propia historia. Las mujeres no fueron oficialmente admitidas en la celebración hasta el año 2001. No porque las estructuras cambiaran de repente por sí solas, sino porque las mujeres resistieron agresiones reales y participaron de todos modos. Las giris llegaron mucho después. Aquí se cuenta la historia de una mujer inglesa que, hace años, siguió la procesión a caballo – manteniendo suficiente distancia para poder acompañar a la Virgen sin formar oficialmente parte de la procesión. Eso también es historia. Eso también es separación. Eso también es resistencia.

Quizás ahí esté nuestra tarea. No en no tener miedo. No en fingir que todo está bien. No en separarme de las personas que piensan diferente a mí. Sino en mantenerme despierta. En sentir el miedo sin permitir que sea él quien me guíe. En sentir la rabia sin convertirme yo misma en alguien que deshumaniza. En conocer la historia sin aceptarla como un destino inmutable. Y en preguntarnos, una y otra vez: ¿Quién está siendo convertido en enemigo? ¿Quién se beneficia de ello? ¿A quién se está haciendo invisible? ¿Qué miedo nos están vendiendo? ¿Y qué ocurre si nos negamos a comprarlo?

Quizás eso es el “aun así”.

Aun con miedo. Aun con rabia. Aun cargando con la historia. Aun frente al poder. Aun viviendo entre separaciones. Aun negándonos a aceptar que no pertenecemos los unos a los otros.

Hagamos lo que podamos. Mantengamos los ojos abiertos. No permitamos que nos enfrenten. No permitamos que nos deshumanicen – ni que nosotros mismos deshumanicemos a otros. Miremos más de cerca antes de creer todo aquello que nos cuentan. Y aprendamos a distinguir entre aquello que nos da miedo – y aquello que es realmente peligroso.

Porque quizás el mayor peligro no sea la persona que tenemos al lado. Quizás sea el momento en que olvidamos que esa persona es humana.

Aun así.

Yo elijo la conexión.

Elijo la dignidad.

Elijo la vida.

Elijo la Tierra.

Nos elijo a todos.

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